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Ramos Mejía, miembro de una familia de
tradición unitaria, hombre de la elite ilustrada por excelencia,
positivista conspicuo, respetado por toda la intelectualidad
progresista y considerado uno de los hombres más sabios de
América, decidió narrar al final de su vida, una historia del
período rosista (1835-1852). Recordemos que éste período
representó la primer tiranía civil argentina, como el primer
modelo de gobierno exitoso en el Río de la Plata; el período en el
que Rosas gobernó al país desde la provincia de Buenos Aires, fue
un período marcado por la sangre y la persecución sistemática de
la disidencia; la intolerancia y la concentración de las fuerzas
sociales sobre la figura del soldado por sobre la del hombre de
letras, hizo del período un infierno para aquellos entre los
cuales Ramos Mejía se sentía parte natural. Su mismo padre, Matías
Ramos Mejía, fue uno de los iniciadores de la denominada
Revolución del Sud de la provincia de Buenos Aires en el año 1839;
y ayudante de campo del general Juan Lavalle durante la campaña
contra los ejércitos de Rosas en las provincias de La Rioja,
Tucumán y Córdoba, en 1840 y 1841. Es decir, su padre fue soldado
en la guerra material contra la voluntad belicosa del tirano. El
hijo, por otro lado, en otro momento de la historia, ya no se
propondrá combatir contra la figura de Rosas, como retomarla desde
el discurso médico científico, con la esperanza de desentrañar las
sombras que rodeaban al período. La necesidad de un documento
pretendidamente objetivo, se hacía evidente desde que la
literatura producida en torno a la figura de Rosas había estado
siempre marcada por el signo violento de la pasión política; obras
insignes como El Facundo, de Sarmiento; La Cautiva y el El
Matadero, de Echeverría; Amalia, de José Mármol; tanto como la
Historia de la Confederación Argentina, de Adolfo Saldías; o la
misma obra de Rivera Indarte, primero firme junto al régimen, y
más tarde conspicua opositora; dan la idea de una literatura
producida al calor mismo de los hechos, o dirigida por discusiones
venales que lejos de esclarecer el panorama histórico a la manera
en que un positivista como Ramos quisiera hacerlo, habían
enardecido el suelo de la reflexión hasta la desesperación y la
parodia. Sólo el interesante libro de Lucio Victorio Mansilla
(sobrino de Juan Manuel de Rosas y uno de los mejores escritores
de la literatura argentina) Rozas, ensayo histórico y psicológico,
había intentado abrazar el problema desde una pretendida y difícil
objetividad. Mansilla tuvo, al igual que Ramos, el problema de la
cercanía histórica, aunque de un modo antitético; es decir, si a
Ramos la escritura de Rosas y su tiempo le había traído problemas
con los integrantes de la facción unitaria; a Mansilla su ensayo
podía traerle problemas con los otros, es decir, con los viejos
representantes de la facción federal.
La relación entre discurso médico y análisis
histórico político fue uno de los signos que marcaron las últimas
décadas del siglo XIX y las primeras del XX; así fueron las
lecturas que pretendieron leer el conjunto social a partir de una
terminología propia de la medicina, que identificase los problemas
de ese cuerpo social con la existencia y necesaria erradicación de
enfermedades; abriendo el camino para que una serie importante de
médicos y científicos ocupen lugares claves de asesoramiento al
poder. Tomando como herramienta analítica el método positivo;
trabajando el cuerpo de la historia, el cuerpo mismo de Rosas,
como un forense que explora y lee en los tejidos los sucesos del
pasado; Ramos luchó contra su propio sentido de la identidad y sus
propias pasiones para lograr un fresco completo de la época,
logrado a la manera de la mejor tradición historiográfica
argentina. Si bien el libro busca distanciarse, por su método
exhaustivo, del romanticismo impreso en las obras ya citadas de
Sarmiento como de Echeverría; romanticismo eficaz para producir
efectos de impresión, pero muy poco eficaz como método sistemático
de estudio; Ramos retoma la técnica sarmientina desplegada en el
Facundo y narra y describe situaciones o escenas mediante técnicas
propias de la literatura, a partir de hipótesis históricas; es
decir, construye un imaginario próximo a la ficción, a partir de
un hipótesis históricas que entiende como verdaderas. Con su
tremenda capacidad narrativa y descriptiva, así como su gran oído
poético y su capacidad para construir metáforas, Ramos halla
belleza en el período rosista; belleza en lo que entiende como
deforme, belleza en lo terrible, belleza en la sangre derramada,
en las cabezas frías, en las orejas saladas. Ramos Mejía fue, no
sólo un insigne científico y un gran médico latinoamericano;
también fue un gran escritor y un importante hombre de letras;
conocer su obra es, por tanto, conocer la obra de una de las
personalidades más intensas del siglo XIX de la América hispánica. |